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En debate

Sobre la violencia

13 de abril de 2012
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¿Cómo responder a la agresividad del capitalismo que está quitando en cuestión de meses conquistas que costaron años y obligaron a duras luchas por conseguirlas? ¿Cómo responder a la creciente represión policial del estado? Ante esta realidad hay la tentación de buscar atajos, de asumir desde unos pocos lo que debe ser el resultado de la acción de muchos; de separarse de la lucha por la movilización de una mayoría obrera y popular, de ir a la acción directa en lugar de la acción de masas, la tendencia al individualismo «salvador» que quiere resolver lo que la supuesta mayoría «gris» y apática se muestra incapaz de hacer, o acciones que despierten conciencias. Los clásicos del marxismo combatieron esas tendencias de un sector que se reclamaba del anarquismo, que corresponderían a grupos autónomos hoy, o directamente a quienes priorizaban las acciones, sustituyendo la lucha obrera por la lucha armada.

Las acciones con grupos encapuchados favorecen la presencia de infiltrados policiales. Es absurdo especular sobre quién empieza a quemar contenedores, si los grupos autónomos o los propios infiltrados de la policía. Lo cierto es que la policía puede estar interesada en que esos sucesos se propaguen, pues le permite una represión generalizada e indiscriminada como en el 29, y a la vez se pueden utilizar para eclipsar el movimiento de la mayoría y sus reivindicaciones. Así ocurrió, al día siguiente de la huelga general el debate sobre la violencia y «los violentos» desplazó el de la huelga y la respuesta masiva en las manifestaciones.

El debate sobre la violencia se utilizó para dejar en segundo plano el de la Reforma Laboral, del mismo modo que el debate sobre el terrorismo y ETA pudo eclipsar por años el del derecho del pueblo vasco a su autodeterminación nacional. Nuestra posición ante esos procesos es clara: rechazamos esas formas de lucha, no porque no haya motivos para odiar a la banca o enfrentar a la policía, sino porque las acciones de unos pocos alimentan y justifican el incremento de la represión sobre el conjunto; hacen el juego a la dinámica acción-represión y desvían el objetivo central del choque entre las clases. No somos pacifistas o «no violentos», la lucha de clases contiene elementos de violencia, normalmente la violencia de las minorías sobre la gran mayoría a través de los instrumentos del estado, en ocasiones también el legítimo derecho a la defensa de esa mayoría. En ese sentido fue legítima la resistencia armada del pueblo libio, o la del palestino contra la ocupación, como sería legítima una insurrección griega contra el saqueo al que están sometidos.

Pero esa legítima acción violenta de la mayoría nada tiene que ver con que grupos aislados se la atribuyan. Con la misma decisión que hay que separar los grupos autónomos de las manifestaciones obreras y populares, pues estas no pueden ser los escudos humanos del accionar de los primeros, no somos neutrales en el enfrentamiento entre estos grupos y el aparato policiaco- judicial. No condenamos a militantes que optan por esa forma de lucha, pues la condena es un término jurídico que justificaría la acción de la justicia contra ellos y la justicia del estado no está legitimada para actuar contra la reacción de un sector popular hacia el gran responsable de la violencia.

La fuente de la violencia la genera el estado al servicio del capitalismo. Las clases dominantes saben que son una minoría social y exigen tener el monopolio exclusivo de la violencia para mantener su posición privilegiada contra la amplia mayoría. La gran violencia la engendra un desahucio, la persona expulsada al paro después de una vida de trabajo, los recortes en la sanidad, que los servicios sociales no puedan atender a personas con problemas para alimentar a sus familias... Pero esa violencia cotidiana es «legal».

Hay cientos de muertos a consecuencia de esas medidas legales, aquí y, no digamos, en Grecia. La respuesta de sectores populares -aunque se rechacen los métodos- hay que inscribirla como respuesta a esta gran violencia de los amos del mundo.

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